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En algunos países llamarle “negro” al prójimo es ser un racista. En cambio, en mi país se usa el adjetivo “negro”, como un apodo habitual y no en forma de insulto.

El sobrenombre de muchos de mis amigos, es “El Negro”, y pocas veces en mi vida me referí a ellos por su nombre de pila. La razón de que en Argentina, este hecho sea habitual, a diferencia del resto el mundo, es que el apodo Negro esta socialmente aceptado, por ejemplo un par de los mayores exponentes rosarinos son “Los Negros, Olmedo y Fontanarrosa”.
Pongamos un ejemplo similar con el resultado opuesto, si yo llamo judío a alguien, soy un antisemita, aunque simplemente lo este calificando por su origen racial, igual que al Negro, pero este adjetivo descriptivo no está socialmente aceptado, por eso molesta.
A que viene todo esto? En estos días mi país tiene la oportunidad de garantizar uno de los derechos fundamentales de nuestra constitución, la igualdad. En estos días, el poder legislativo tiene la oportunidad de legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, con todos los derechos y obligaciones que eso implica.
Como pasa en estos casos, por miedo y/o ignorancia mucha gente convocada por organismos (que deberían dedicar este tiempo a solucionar los problemas sexuales que tienen internamente y no meterse en la vida privada de la gente) se movilizo de distintas maneras. Algunos tildaron a la homosexualidad como una enfermedad, otros se niegan a que los gays puedan adoptar (como si fuese contagioso) y muchos otros solo se niegan a que esta “unión” se llame “matrimonio”.
No voy a tratar el tema de la enfermedad, les pego una historia de Galeano que aparte de ser genial, esta muy clara.
Pero si, el tema del nombre, no tienen problemas, con que se forme una pareja con dos personas del mismo sexo, con que tengan todos los mismos derechos que los matrimonios, pero que no se llame matrimonio, por que son distintos, por que ellos son diferentes y ser diferente es malo. Y algo tan bueno y pulcro como el matrimonio, no puede ser manchado por algo malo o distinto.
A lo que le tienen miedo es, a que a una pareja de hombres, o a una pareja de mujeres, se les pueda llamar matrimonio y que la sociedad lo acepte como tal. Le temen al titulo y no a lo que representa.
P.

El diablo es homosexual Eduardo Galeano – Espejos
En la Europa del Renacimiento, el fuego era el destino que merecían los hijos del infierno, que del fuego venían. Inglaterra castigaba con muerte horrorosa a quienes hubiesen tenido relaciones sexuales con animales, judíos o personas de su mismo sexo.
Salvo en los reinos de los aztecas y de los incas, los homosexuales eran libres en América. El conquistador Vasco Núñez de Balboa arrojó a los perros hambrientos a los indios que practicaban esta anormalidad con toda normalidad. Él creía que la homosexualidad era contagiosa. Cinco siglos después escuché decir lo mismo al arzobispo de Montevideo.
El historiador Richard Nixon sabía que este vicio era fatal para la Civilización:
– ¿Ustedes saben qué pasó con los griegos? ¡La homosexualidad los destruyó! Seguro. Aristóteles era homo. Todos lo sabemos. Y también Sócrates. ¿Y ustedes saben lo que pasó con los romanos? Los últimos seis emperadores eran maricones…
El civilizador Adolf Hitler había tomado drásticas medidas para salvar a Alemania de este peligro. Los degenerados culpables de aberrante delito contra la naturaleza fueron obligados a portar un triángulo rosado. ¿Cuántos murieron en los campos de concentración? Nunca se supo.
En el año 2001, el gobierno alemán resolvió rectificar la exclusión de los homosexuales entre las víctimas del Holocausto. Más de medio siglo demoró en corregir la omisión.
PS: En estos días yo también escuche muchas veces que la homosexualidad era contagiosa.
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